jueves, 10 de marzo de 2011

Dieta para embarazadas hipertensas

Existen, al igual que en el caso de la diabetes, hipertensiones previas al embarazo y otras “inducidas” por él (toxemia hipertensiva o preeclampsia). En cualquiera de los casos, el tratamiento dietético es sólo un complemento de las medidas terapéuticas generales, que suelen consistir en reposo y la administración de drogas antihipertensivas permitidas durante la gestación.

Así como se contraindican los diuréticos por los desequilibrios que su uso determina en el feto, tampoco la sal debe excluirse totalmente de la dieta, ya que ninguna de estas medidas puede evitar el agravamiento de una hipertensión mal controlada. Se indican todos los alimentos naturales, a los que no deberá agregarse sal común de mesa, priorizándose el uso de aquellas con bajo contenido de sodio en su reemplazo.De ninguna manera se excluyen totalmente los alimentos que contengan sodio en su composición, ya que un mínimo aporte es, inclusive, necesario. El pan y ciertas aguas minerales tienen un elevado contenido en sodio, así como los fiambres, las conservas (inclusive las dulces), las pizzas y los embutidos.

Si además se desea disminuir la ingesta calórica, el sustituto del azúcar que puede emplearse es el aspartano o la sacarina pura, ya que los ciclamatos están siempre combinados en forma de ciclamato de sodio.


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Embarazos muy recientes, existen peligros?

Si el parto anterior ha sido por cesárea, por ejemplo, serán necesarios controles rigurosos y el modo de parto del nuevo embarazo estará, por lo menos parcialmente, condicionado por esta intervención quirúrgica previa.

Aquí habría que plantearse la pregunta: ¿Qué hay de malo en tener bebés muy cercanos uno del otro? Después de todo, si la naturaleza ha consentido que el organismo pueda volver a embarazarse en forma precoz, es que está en condiciones de hacerlo tanto física como fisiológicamente.

Y entonces, ¿dónde está el problema? Intentando simplificar podemos decir que, al igual que en las leyes, en las conductas humanas todo está permitido, a menos que se exprese explícitamente lo contrario. Ya vimos que la naturaleza no es rígida al respecto. Los programas biológicos pueden alterarse “sin drama”. Y sólo en el caso de que el parto anterior haya sido por cesárea podría plantearse la posibilidad de análisis de esta situación. Por ejemplo, existe el temor de que un nuevo embarazo pueda perturbar el proceso normal de cicatrización o de que la herida uterina esté fresca y que no resista la tensión durante el embarazo; o que la tracción sobre la línea de sutura pueda romper la misma durante el esfuerzo del pujo en el parto. Este concepto sólo podrá tener cierta validez si el parto anterior cursó con infección de la herida uterina perturbando el normal proceso de adherencia de los bordes de la sutura (algo poco frecuente, por suerte).

El médico, ya en conocimiento de esta circunstancia, tiene a su alcance métodos de diagnóstico adecuados que le permiten elaborar un tratamiento oportuno; de no mediar el antecedente de partos anteriores complicados, no existe fundamento para suponer que existan riesgos en el embarazo actual ni tampoco en el parto.

Incluso en el caso de cesárea anterior, el tejido que más tarda en consolidar su cicatrización es una capa gruesa y resistente de la pared abdominal llamada aponeurosis, que a los siete meses de ser suturada ya ha cerrado totalmente. Y si, como sabemos, los embarazos duran más que ese tiempo y si además, lo más temprano que pueda embarazarse una mujer es a los dos meses del parto, resulta obvio que para la fecha del nuevo parto todo debe estar en orden.


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miércoles, 9 de marzo de 2011

La mamá no se comparte, por lo menos para los bebés

Aceptar que el ser humano está programado para tener una sola cría por vez se desprende de la regla biológica de los mamíferos, que establece que se tiene un par de mamas por cada descendiente. Es entendible, entonces, que resulte tan difícil criar a más de un hijo simultáneamente.

Según el grado de dependencia que tienen con sus padres, los animales pueden dividirse en dos grandes grupos: aquellos que, al poco tiempo de nacer o inmediatamente después, ya están en condiciones de sobrevivir por sí mismos (prole precoz); y los que necesitan imprescindiblemente de un adulto progenitor para su cuidado y sustento (prole inepta).

¿Se imaginan a cuál de ellos pertenece el humano? Sí, a la prole inepta. Nacemos sin los dientes que nos permiten despedazar o triturar los alimentos y esta característica nos convierte en dependientes de la secreción caliente y sabrosa de mamá. Además, necesitamos casi un año de nuestra vida para desplazarnos por nuestros propios medios, de manera que si no podemos buscar nuestro alimento, nos lo deben acercar, lo que acentúa aún más la dependencia. Pero como si todo esto fuera poco, sólo cerca del año de vida postnatal, podemos establecer comunicaciones verbales, inteligibles para nuestros congéneres. Resumiendo: necesitamos de nuestra mamá en forma exclusiva y excluyente. La naturaleza nos ha hecho egoístas, por lo menos en nuestra primera etapa de vida. No queremos compartirla con nadie.


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