miércoles, 9 de marzo de 2011

La mamá no se comparte, por lo menos para los bebés

Aceptar que el ser humano está programado para tener una sola cría por vez se desprende de la regla biológica de los mamíferos, que establece que se tiene un par de mamas por cada descendiente. Es entendible, entonces, que resulte tan difícil criar a más de un hijo simultáneamente.

Según el grado de dependencia que tienen con sus padres, los animales pueden dividirse en dos grandes grupos: aquellos que, al poco tiempo de nacer o inmediatamente después, ya están en condiciones de sobrevivir por sí mismos (prole precoz); y los que necesitan imprescindiblemente de un adulto progenitor para su cuidado y sustento (prole inepta).

¿Se imaginan a cuál de ellos pertenece el humano? Sí, a la prole inepta. Nacemos sin los dientes que nos permiten despedazar o triturar los alimentos y esta característica nos convierte en dependientes de la secreción caliente y sabrosa de mamá. Además, necesitamos casi un año de nuestra vida para desplazarnos por nuestros propios medios, de manera que si no podemos buscar nuestro alimento, nos lo deben acercar, lo que acentúa aún más la dependencia. Pero como si todo esto fuera poco, sólo cerca del año de vida postnatal, podemos establecer comunicaciones verbales, inteligibles para nuestros congéneres. Resumiendo: necesitamos de nuestra mamá en forma exclusiva y excluyente. La naturaleza nos ha hecho egoístas, por lo menos en nuestra primera etapa de vida. No queremos compartirla con nadie.


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