Mientras el bebé no posee dientes, debe asegurarle una buena provisión de alimento líquido; para ello hace producir al cuerpo materno una hormona que estimula la secreción láctea. En principio, en forma constante durante seis semanas; a partir de ese momento, demanda del insaciable.
Pasadas las seis semanas, el bebé mismo con su llanto de llamada provocará en la madre la secreción y expulsión de la leche. El señor demandante reclamará que su mamá esté todo el tiempo disponible para él, cosa que también previo la naturaleza.
Mientras el bebé toma la teta, la hormona que estimula la secreción láctea inhibe, a su vez, a la que estimula el ovario para reanudar los ciclos y producir ovulación. De manera que, mientras hay lactancia, no hay ovulación, por lo que se aleja la posibilidad de un nuevo embarazo. Pero la regla conoce tantas excepciones que mejor no confiarse. Los niveles de la hormona inhibidora de la ovulación descienden inadvertidamente, antes de que la aparición de una menstruación ponga sobreaviso a la mamá para tomar las precauciones que eviten un nuevo embarazo. Y así, sin darse cuenta, ella notará que los ejercicios que le enseñaron para bajar la panza no dan resultado; más aún: pareciera que cada día tiene más. Hasta que… ¿no será que..,? ¡No, no puede ser…! Leerá mil veces el “positivo” del análisis o contará tantas otras las rayitas del test de farmacia. En muchísimas ocasiones, los ginecólogos se las han visto en figurillas para dar un diagnóstico para el que la paciente no está preparada: habrá que buscarle un nombre al problema de “vesícula”.
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